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lunes, 18 de agosto de 2014

Preadolescentes y adolescentes: un nuevo ser humano




Preadolescentes y adolescentes: un nuevo ser humano.

Estamos en época de vacaciones escolares. Eso significa que después de los correspondientes campamentos, campus, cursillos, etc., nuestros hijos e hijas preadolescentes y adolescentes —para abreviar, simplemente adolescentes—, vuelven a casa y aquí “no hay quien los aguante”. Suele echarse la culpa a los abuelos que los “malcrían”; a ellos que no saben divertirse solos y cuando están en casa “se aburren”; o porque se convierten en “unos ojos a un ordenador pegados”[1], ya sea un PC, un MAC, una Tablet, una Play o un Smartphone. Se ensimisman profundamente con estos artefactos, juguetes, maquinitas, gadgets: no sé muy bien como calificarlos. Lo que provoca que la mayoría de adolescentes se tomen con cierta dosis de laxitud cualquier requerimiento personal o social que para los padres fue, ha sido, y es de extrema importancia. Me refiero al orden, al aseo, al repaso de ciertas asignaturas, a la colaboración doméstica, a la distribución racional del tiempo, a la interacción con los padres, familiares, amigos o amigas, etc. Las deficiencias que se producen en cualquiera de estos temas, o cualquier otra acción del menor que no se corresponda con la que consideramos óptima, son motivo de discusión y desavenencia. Las consecuencias que se suelen sacar, durante y después del verano, es que nos estamos equivocando en la educación; que debemos ser más exigentes; que no tenemos que complacer sus peticiones de manera que les resulte tan fácil colmar sus deseos; que debemos exigir contraprestaciones, y un largo etcétera de equivocaciones, de interpretaciones erróneas. Hacemos gala de un evidente desconocimiento de que el ser humano, en estas últimas generaciones, está sufriendo unos cambios tan grandes que sería más ajustado llamarles mutaciones: es el nacimiento del nuevo sujeto, el que escribe más rápido con dos pulgares sin ir a una academia de aprendizaje que nosotros con diez dedos después de meses de asdf jklñ.
El objetivo e ilusión de cualquier progenitor es que sus hijos sean como ellos, pero mejorados. Más inteligentes, más listos, más estudiosos, más responsables, más educados…, más felices. Es decir, nosotros pero sin nuestros defectos. Pensando en su bien, para que afronten con garantías de éxito la terrible competencia laboral que se encontrarán. Si eres mejor que otros tendrás más facilidad de entrar en el mercado laboral y disponer de unos ingresos que se irán tontamente con unos deseos inoculados por los que manejan los requerimientos sociales. En consecuencia, criamos a adolescentes para que conviertan en mierda celestial lo que nosotros hemos convertido en simple mierda. Y no echéis a correr que me explico.
Echad un vistazo a vuestro alrededor. Nosotros, con nuestra magnífica educación, de la cual discrepábamos con nuestros padres, como siempre ha sucedido, hemos llegado a crear una sociedad de unos pocos multimillonarios y muchos miles de millones de pobres. Hemos creado una pirámide cuya base, nosotros, se ve aplastada por nuestros representantes —el Ayuntamiento, la Comunidad autónoma, el Gobierno Central, el Gobierno Europeo, la ONU— que, además de llenar las cuentas de Suiza a su nombre, están cogidos por los menudillos por los grandes bancos, sicavs y fondos de inversión, todos por encima de los primeros. Y unos y otros están bajo el yugo de las agencias de calificación que mueven los hilos a su antojo. Somos capaces de arruinar países por inducción externa y codicia interna. Somos capaces de mantener una Constitución que defiende el derecho a la vivienda mientras no derogamos otras leyes que permiten desahuciar a los deudores de la base piramidal: a los grandes empresarios se les han cancelado sus deudas comprándoles, los propios bancos, a precios siderales, los inmuebles que esperaban recalificar y que ahora no valen lo que el metro cuadrado de sumidero.
Nuestras generaciones del pasado reciente, vivieron una revolución industrial que cambiaron por completo la vida y a los ciudadanos. La tecnología desarrollada en el siglo XIX, simbolizada por Prometeo, Titán de la mitología griega, que robó el fuego a Zeus para dárselo a los humanos, es el símbolo de este crecimiento y del nacimiento de un nuevo ser humano, que no dudó en luchar para conseguir las mejoras laborales y sociales que creía que en justicia le correspondían, y que nosotros nos hemos encargado de dilapidar. Nuestros antepasados directos, no se quedaron con las ganas y nos abocaron a dos guerras mundiales —y a una civil, en el ámbito doméstico—. Temas de poder, económicos, raciales y religiosos siempre suelen estar de por medio.  La liquidación sistemática de seres humanos durante el tiempo que nos ha tocado vivir, no ha de ser un acontecimiento ajeno a nosotros, como no debería haberlo sido para nuestros padres y abuelos. Ahora nos llenamos la boca diciendo que llevamos casi setenta años de paz, algo impensable en la historia de occidente. Mentira. Primero se olvidan, no sé si con premeditación, de las guerras de la antigua Yugoslavia entre 1991 y 2001 —ayer—. Ahora, como si fuera un partido de futbol, unos nos hemos apuntado al carro de los israelís  y otros al de los palestinos, en una guerra que interesa a la opinión pública porque a alguien, de nuestra generación, le interesa que interese, pero a nosotros, tan asépticos que para orinar nos ponemos guantes de látex, nos olvidamos de hablar de BIRMANIA (en guerra desde 1948), de COLOMBIA (en guerra desde 1964), de la INDIA (en guerra desde 1967), de las Islas FILIPINAS (en guerra desde 1969), de SRI LANKA (en guerra desde 1983), de TURQUÍA (en guerra desde 1984), de UGANDA (en guerra desde 1986), de SOMALIA (en guerra desde 1988), de ARGELIA (en guerra desde 1992), de REPÚBLICA DEL CONGO (en guerra desde 1998), de RUSIA (en guerra desde 1999), de AFGANISTÁN (en guerra desde 2001), de NIGERIA (en guerra desde 2001), de PAKISTÁN (en guerra desde 2001), de IRAK (en guerra desde 2003), de SUDÁN (en guerra desde 2003), de TAILANDIA (en guerra desde 2004), de YEMEN (en guerra desde 2004), del CHAD (en guerra desde 2006) de la REPÚB. CENTROAFRICANA (en guerra desde 2006) o de ETIOPÍA (en guerra desde 2007). Claro que todos estos países son la alfombra de la base de la pirámide donde estamos cómodamente asfixiados por encima de ellos.
Nuestra generación, queramos o no, está educada bajo costumbres de postguerra. El profesor era un dios, pues lo sabía todo. Tenía el poder supremo en la clase, poder que le otorgaba saberlo todo y la disciplina que se le permitía aplicar con la aquiescencia de nuestros padres. Era el reino del silencio: solo se nos permitía hablar cuando se nos preguntaba. Era el reino del alineamiento total: pupitres colocados cual escuadrón militar en pleno desfile. El profesor en una tarima, púlpito de quien debía aleccionarnos. Se permitía el castigo, incluso el azote, muy aplaudido en su momento por nuestros abuelos o nuestros padres (los que ya tenemos una edad). Pues toda esa disciplina nos ha llevado al mundo maravilloso de hoy. Tú, que tienes un trabajo que te gusta, aunque en toda tu adolescencia soñases que narices querías ser de mayor —algunos sí, por supuesto—, pero la vida vino así, y tú la aprovechaste. Y te endeudaste hasta las cejas para comprarte una vivienda que has terminado de pagar hace poco, al inicio de tu vejez, o que todavía pagas. Has amortizado una tropelía de préstamos para coches, motos, neveras, viajes, barquitas, mejoras en la casa, en los coches y en las barquitas, muebles para la casa, estudios de los hijos… Y esto te ha llevado a la necesidad de mejorar tu estatus, es decir, entrar en la dinámica que interesa al capitalismo. Al verte ahogado, tu salida ha sido mejorar en el trabajo. Has luchado, estudiado, traicionado o no, y te has situado donde te crees que querías. Has pensado que eras una persona libre durante toda tu vida, pero no estabas haciendo más que lo que no te quedaba otro remedio que hacer: lo que el sistema tenía establecido para ti. Porque, satisfacer los deseos subrepticiamente inoculados, no ha sido un acto de libertad, sino un acto de vasallaje.
En nuestro mundo, matamos a las mujeres por celos, robamos por codicia a todos los contribuyentes y nos endeudamos de por vida por placer. ¿Con qué fuerza moral podemos educar a nuestros hijos e hijas?
Hemos destrozado paisajes, hemos eliminado millones de hectáreas de vida vegetal, hemos contaminado la tierra hasta el punto de romper su equilibrio. Hemos convertido a los animales en mercancía o en objetos de exposición. Las carnicerías y pescaderías no significan más que un puesto de mercado para nosotros, cuando en realidad es la más absoluta exposición pornográfica de carne proveniente de la tortura y del especismo. Se han acabado las granjas con gallinas que alternan el picoteo de piedrecillas y gusanos con la puesta de huevos; los cerdos guarreando en las zonas húmedas de la granja; el gallo despertando al vecindario y este agradecido de que lo haga. Disfrutamos de ver unas veinte mil muertes al año en películas a las que ya hemos quitado los rombos de antaño. Convivimos con chorizos de traje y corbata a los que hemos votado y aun así seguimos sonriendo por si nos hacen partícipes. Vendemos una gran educación a nuestros vástagos, pero esta no nos permite saludar al ciudadano que nos encontramos en el ascensor.  No podemos excedernos al practicar el código de conducta con una persona del sexo opuesto bajo peligro de ser acusados de acoso. No permite levantarnos del asiento de un autobús para que se siente una persona con más necesidad de acomodo. Esta misma educación que intentamos inculcar a nuestra descendencia no nos permite circular con el coche sin insultar, procurar que no nos adelanten, acribillar a bocinazos porque nos repatea que accedan a la rotonda cuando yo entraba en ella a sesenta km/h. Si nuestros hijos suspenden, los profesores tienen mucho que ver, si aprueban, no tienen que ver nada en absoluto, etc.
Este mundo que tenemos y en el cual vivimos, y del que nos quejamos continuamente, lo hemos creado nosotros con nuestra educación, nuestros conocimientos y nuestra estructura mental tardomoderna[2]. La misma con la que intentamos educar, y por eso saltan chispas, a nuestros adolescentes. Es decir, pretendemos mejorar un rotundo fracaso. Para conseguir un fracaso perfecto, lo que equivale a una perfecta ruina.

Nuestros adolescentes han empezado a conformar una nueva especie, un nuevo ser humano. Fracasaremos en el intento de que sean un nosotros mejorados. Son otros, diferentes, les queda poco de nuestros valores abstractos: nación, patriotismo, honor, iglesia, mercado, clase, proletariado, etc. Pero, cuidado, no han olvidado ni los principios, ni los valores, ni la diferencia entre el bien y el mal. Son otros seres humanos que han empezado a caminar paralelos a nosotros y no como una continuación de nuestros pasos.
Para empezar, se han dado cuenta que cuanto más crecemos —principio básico de la economía— más cerca están sus dinosaurios progenitores y la tierra que debe ser su herencia de autoextinguirse. El peso de las alforjas neoliberales está a punto de doblar las patas de los burros que las sostenemos, y ellos no quieren llevar esa carga, su paso se caracteriza por la liviandad, fluidez y agilidad.
El profesor —que por lo general ya pertenece a esta nueva generación —, exponente de la sapiencia en otro tiempo, es ahora uno más de la clase donde es incapaz, porque no es el representante del poder, de explicar un tema con el silencio y atención de todos los alumnos. Ahora, el profesor tiene muchos menos conocimientos de los que cualquier alumno puede descargar de la red en unos segundos, lo que le quita poder. Los libros de texto son tan excelentes que llevan remarcados en colores o cuadros especiales lo que debe aprender el alumno para aprobar, lo que evita tener que leer, subrayar, esquematizar, sintetizar y estudiar. Basta escuchar, o no, y leer las síntesis de los libros. Cualquier aclaración o ampliación es solo cuestión de un motor de búsqueda. Esto da a los alumnos y a los profesores una sensación de tratar entre iguales, unos intentando aprender y otros intentando enseñar, cada uno con su rol, ni más ni menos elevado uno que otro, por eso la relación profesor-alumno es cercana, amistosa, con el tuteo como norma.
Los pupitres no están alineados con tiralíneas, a veces en grupos, a veces por pares, a veces en círculo, a veces en cuadrilátero… Cualquier disposición es buena: no hay que tener los brazos cruzados ni levantarse cuando entra el profesor —bueno eso no es necesario porque suelen estar todos de pie y alborozados—.
Las relaciones con sus amigos no tienen nada que ver con las que tenemos nosotros. Como he dicho al principio, escriben mejor con dos pulgares que nosotros con diez dedos. Su interacción no se limita a la clase o al recreo, sino que continúa durante el resto de la jornada a través de las redes sociales o el WhatsApp. Por otra parte, no sabemos si resulta más prudente acercarse a alguien que no conocemos de forma virtual pues puede resultar menos peligroso.
Los antediluvianos progenitores, pensamos que esta forma de comunicación impersonal y solitaria, lleva al adolescente a la frustración más absoluta y a las psicopatías más peligrosas, pero no es cierto. No es nuestro cerebro el que interactúa con estos métodos, es el suyo. Cuando los mayores se entrometen nada bueno sale de ello: falsos alias para engatusar a adolescentes, engaños para estafar, acaparamiento de fotos lascivas, solo para una mente tardomoderna enferma… Pero los adolescentes no tienen nuestros esquemas. Les gusta mostrarse en sus fotos y no ven ningún mal en ello, simplemente porque no lo hay. Solo lo hay si se entromete un ser en vías de extinción.
Con este sistema de comunicación también está naciendo un nuevo idioma, que quizás llegue a ser más universal que cualquier otro. El vocabulario media, unido a los anglicismos llovidos de la informática, de los asesores americanos del buen rollito, y de los anuncios televisivos —hay pocos anuncios cuyos productos publicitados no sean superpower & pure, megapplefresh, plussensation o un body mik para un new look maternity—, junto con las abreviaturas onomatopéyicas y su tendencia a economizar esfuerzos en los chats, crearán un nuevo idioma único. Y no se escandalicen los puristas. Los idiomas han ido evolucionando con los siglos hasta diferenciarse claramente unos de otros, incluso manteniendo la misma raíz, y siguen evolucionando y cambiando día a día. Los libros no se introdujeron hasta la invención de la imprenta en 1440, a principios del Renacimiento; hasta entonces todo se había copiado manualmente o aprendido de memoria. Ahora las páginas son electrónicas y el conocimiento está al alcance de un botón. Muy pronto las traducciones automáticas estarán tan perfeccionadas que el idioma no será un problema y se traducirá lo escrito en tiempo real. El problema idiomático que ocasiona el trato directo, en persona, se dará de cada vez menos. En la relación a través de las redes sociales y los chats, no se dará en absoluto. Esto que estoy argumentando es tan bueno o malo como lo fue la revolución industrial, el impresionismo, el modernismo o el postmodernismo, es decir unas filosofías, técnicas y procedimientos cuestionados o denostados en su momento, con todo tipo de arcaicos argumentos, y que en la actualidad están plenamente aceptados, incluso se mal mira al que no participa de esta opinión. Por eso, en un futuro no muy lejano, Internet, WhatsApp, las redes sociales: Facebook, Twitter, Instagram, Pinterest, Linkedin, etc., serán aplaudidos por una sociedad nacida para su uso. Incluso serán vistos como raros los que opongan algún “pero”.
Los adolescentes razonan, y mucho. No se les puede dar órdenes sin su debida reflexión. Aunque un niño saque malos resultados escolares, puede que por vago, mal encauzado o por padecer algún problema pedagógico, es capaz de razonar incluso más que cualquier eminencia de nuestra época. Su cerebro está estructurado de otra forma, aunque los neurólogos todavía no hayan publicado su nuevo mapa cerebral. Pronto, este cambio caracterológico se irá convirtiendo en un cambio genético, temperamental, ofreciéndonos un nuevo ser humano.
Un nuevo ser humano preocupado por el ecosistema, por “su” ecosistema y de “su” sociedad dentro de este. Recuperará la fabricación artesanal de herramientas, juguetes y utensilios domésticos. Se ocupará de su reparación y no de sustituir el objeto por uno nuevo como mandan los cánones actuales. Tendrán sus pequeñas granjas donde las gallinas picotearán entre huevo y huevo y las ovejas pacerán ociosamente hasta que nos den su lana. Pero habrá una pequeña-gran diferencia con este idílico mundo del parecido pasado, y es que estarán interconectados. Su mundo virtual será más real que nunca. Los productos se ofrecerán en la red y serán vendidos o cambiados por otros ofertados de la misma manera. Dejarán de comer hamburguesas y salchichas para lo cual se crían y torturan en cautividad miles de millones de cerdos, terneras, corderos, etc., para comer lo criado o cultivado ecológicamente. Dejarán de consumir productos cuya fabricación o uso destruya la capa de ozono. Se plantarán ante el acoso a animales en peligro de extinción. Las adolescentes, que un día serán mujeres, estarán en idéntico nivel al género masculino, si no más arriba en algunos campos y, sobre todo, más seguras.
El nuevo ser humano estará más ocioso. Para la inmensa mayoría su trabajo consistirá en teclear y observar un PC o un MAC. Otras computadoras fabricarán los productos de consumo. Este ocio lo dedicaran a autoabastecerse en la medida de lo posible, a reencontrarse con la naturaleza, a observar nuevamente las estrellas al permitir que la intoxicación lumínica de las ciudades se reduzca a lo estrictamente necesario. Utilizarán energías alternativas  a la vez que irán desapareciendo las convencionales e insostenibles. Serán capaces de amar lo que produzcan, lo que posean, y ser felices con ello. No necesitarán todo lo que nos ofrecen los siniestros y falaces publicistas a cambio de nuestras almas, para colmar todos nuestros deseos cuyos señuelos hemos mordido, creyendo con ello alcanzar la felicidad.
El nuevo ser humano es peligrosísimo para la sociedad tardomoderna. El dominio, por acercamiento y complicidad, de los sitemas de comunicación social a través de red han puesto al borde del aneurisma a la clase política, cuando de repente, nacido de esta técnica les ha aparecido un grupo que amenaza, con un arma que les es completamente desconocida, con arrancar sus bocas de lamprea de todo aquello que genera dinero en un país. O surjan nuevas políticas que conviertan a las actuales en obsoletas. De momento, a los políticos les ha entrado la risa tonta, de superioridad acojonada, y han dado órdenes concretas para que destruyan a ese ser “virtual”. No saben que de cada día más, este será el funcionamiento de los jóvenes. Y que no les valdrá de nada mandar al grupo de especialistas informáticos de la Guardia Civil a interceptar a posibles usurpadores de sus canonjías. Ni tampoco servirá de nada la connivencia de los poderes fácticos con los grupos desestabilizadores, los traficantes de droga, las pandillas violentas, las leyes coercitivas, todos dispuestos para persuadirnos de que la juventud va mal y hay que corregirla, con mano dura si es necesario. La falsa estigmatización con acusaciones de drogadicción, de exceso de consumo de alcohol, de anarquía o nihilismo, no son más que artimañas para hacerles perder toda credibilidad. Y los padres, nosotros, dispuestos a echar una mano al susanito de la cúspide de la pirámide, e imponer nuestras ideas a nuestros hijos, para persuadirles de que sigan por nuestro camino. No es que vayan por un camino diferente, son ellos mismos que son siatintos: ¡Son otros! Nuestros argumentos son los que nos han llevado hasta la situación que hoy padecemos. ¿Son válidos para nuestros hijos? No. Rotundamente, no.
Si un hijo nuestro, de la edad que sea, nos dice algo parecido a lo anterior, nos quitará de un plumazo la razón y los débiles argumentos que la sostenían.

Para que no se me tache de demagógico, retórico y sofista, quiero aportar una posible forma de actuar. Aceptemos esta nueva especie humana; colaboremos en su crecimiento; pensemos que es positivo su desarrollo desde ahora mismo, y que no tengan que pasar cien años para que alguien pueda darse cuenta de su razón. No riñamos a los niños y niñas porque están “colgados” de las redes sociales —su concepto de amistad no es el que tenía Montagne con La Boétie, ni siquiera el nuestro—. Simplemente, hacedles ver que, aún hoy y rodeados de dinosaurios, viven en una sociedad que ellos están cambiando, pero que los cambios no son abruptos, y mientras estos se producen tienen que convivir con lo que hay, que somos nosotros, y que los quehaceres que ocasiona la convivencia deben ser compartidos, y que deben cumplir con los compromisos adquiridos para con sus ascendientes y sus coetáneos. Si el más importante ha sido la aprobación del curso, y lo han conseguido, él o ella ha cumplido, cumplamos también nosotros: dejémosles en standby por unas semanas. No discutamos por minucias. Su reino ya no es de nuestro mundo. Limitémonos a observar y a intervenir cuando sea estrictamente necesario. Y, sobre todo, aprendamos de ellos.

Colau

P. S.: Este post se publica con casi veinte años de retraso. A algunos tardomodernos nos cuesta entender las cosas.


[1] Parafraseo del soneto “Érase un hombre a una nariz pegado” de Francisco de  Quevedo.
[2] Adjetivo utilizado por Byung-Chul Han para definir al ser humano de generaciones anteriores a los años ochenta. La sociedad del cansancio. Herder, Barcelona, 2012. 1ª edición, 3ª impresión.
n.

3 comentarios:

  1. Tens raó en sa superfície. Però t'oblides de lo més important: s'educació i es respecte, a tot, a ses persones i a ses coses, a nes animals i a sa natura, ... a tot. Amb això no se neix.
    Per cert, "... en simple miera" deu voler dir ¿en simple mierda?
    I sí, aquí hi ha molta demagògia i certes contradiccions. Ganes de penjar-te una medalla per es dia de "demà", o per es demà mateix.
    I evidentment, tard, massa tard.

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  2. Gràcies. Ses teves refexions sempre son molt interesants i il.lustratives. Son tema de refexió. Gràcies novament.

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  3. Més epidèrmiques o més profundes, consider les teves refexions molt interessants i assenyades, i oportunes. Gràcies, Colau.

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