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viernes, 12 de septiembre de 2014

Crisis de la mediana edad



Crisis de la mediana edad.

            La función de este blog es que sirva de reflexión. Nunca he pretendido dictar sentencias —aunque mi lenguaje sea categórico—, sino abrir caminos para el análisis partiendo de un pensamiento propio, no de la verdad, pues esta quizás esté en vuestras consciencias. Comenzamos —commençons—.

La crisis de la mal llamada “mediana edad” es una conmoción existencial experimentada durante la madurez. Definición que significa poco o nada. Para empezar, me resulta difícil definir conmoción existencial —aunque acabe de crear el término—, y mucho más todavía definir madurez. Pero no os vayáis: intentaremos desgranarlo.
 Existe una clasificación básica de las etapas de la vida de una persona: infancia, juventud, vida adulta y vejez. Esto significa concretamente: de cero a catorce años, infancia y adolescencia; de los quince a los veinticinco,  pubertad y juventud; de los veinticinco a los sesenta y cinco, vida adulta y, de ahí al final, vejez o senectud. Insuficiente. La edad adulta se mantendría durante cuarenta años, o sea, dos generaciones. Y, dentro de esos cuarenta años, ¿cuáles de ellos pueden ser considerados de “madurez”? Supongo que todos. Demasiado abstracto para seguir por ese camino.
Con los niños, por ejemplo, no tenemos problemas para clasificar su vida en etapas. Inmediatamente después del nacimiento, sus ciclos son semanales. Si leemos la cartilla del recién nacido veremos que cada semana aprenden y practican nuevas habilidades. Después de los primeros tres meses ya se les atribuyen etapas mensuales —este mes ya le toca reír, o chuparse el pie, le corresponde tal vacuna o salirle un diente—. Con el tiempo sus etapas pasan a ser anuales o, mejor dicho, a coincidir con los cursos escolares hasta acabar la universidad. Luego: adulto. 
Como los niños, las mujeres pasan por unas etapas especiales, en este caso biológicas, privativas del sexo femenino. Podemos conceder que una niña es tal hasta la menarquia (primera menstruación), al pasar a ser fértil ya puede ser considerada una mujer adulta, aunque en la práctica no sea exactamente así. Lo normal es que después de unos años llegue un embarazo, o varios, plazo que no suele superar los nueve meses en cada uno de ellos. Finalizada la etapa de embarazo entran de lleno en la etapa de la maternidad que, biológicamente, se alargará hasta dejar de dar el pecho al bebé —ya sé que se es madre, y padre, toda la vida—. Estos ciclos pueden ser repetitivos —no tan masivamente como antaño—. Después, les llega una época en la que ya no están para embarazos, aunque todavía sean fértiles, es la época llamada climaterio o premenopausia. La siguiente, recordemos que hablamos de biología, es la menopausia —ausencia de ovulación—. Finalmente, después de un nuevo climaterio post menopáusico, se abocan a la vejez. Dicho lo anterior, quiero afirmar que el ciclo reproductivo de las mujeres no tiene nada que ver con las diversas facetas de su vida. Aunque el ciclo biológico tenga evidentes connotaciones negativas para su normal desarrollo: incomodidad en los ciclos menstruales,  incomodidad durante los embarazos, dolores del parto y postparto, alteraciones menopáusicas, tanto físicas como psicológicas y, finalmente, la aparición de las indeseables huellas de la vejez. Si obviamos —difícilmente— las cargas biológicas de las mujeres, no deberían diferenciarse de los hombres en lo que al grado de autosatisfacción o insatisfacción personal se refiere. Aunque en algunas mujeres aparezca el sentimiento positivo de orgullo por la vivencia de las etapas biológicas. O todo lo contrario.
Lo anterior nos sirve de argumento para demostrar que no existe, ni en el hombre ni en la mujer, una época que podamos denominar “mediana edad”. Ya sé que existe un prototipo generalmente extendido de ese tramo de vida, sobre todo en el hombre. Pero no existen pruebas biológicas ni psicológicas que indiquen que forzosamente, o cuando menos regularmente, deba producirse ningún cambio esencial a medida que vayamos avanzando en la vida adulta. Podemos recorrer grandes transiciones vitales o, simplemente, realizar pequeños ajustes, pero en momentos concretos inclasificables en etapas. En la vida no hay etapas. La luz del presente está siempre encendida, siempre es hoy. No existe motivo alguno para permitir que las barreras psicológicas de la edad o ciclos vitales —como quiera llamársele— nos impidan hacer lo que dicta el corazón y, o, la razón, auspiciados siempre por la prudencia.
¿Cuál es el estereotipo del o la que padece la crisis de la mediana edad?: “Un sujeto —o “sujeta”— de 43 años, con 18 de experiencia laboral, bien remunerado o remunerada, y con 15 años de relación de pareja, con hijos adolescentes y una sensación general de malestar”. Huyamos, por el momento, del tópico del hombre que empieza a quedarse calvo, que se compra un coche deportivo y deja a su esposa por una mujer mucho más joven. Ese es el tópico americano, y para aplicarlo es indispensable un buen soporte económico. —Ahora entro en una digresión—. Lo que no piensa este hombre al realizar tan drástico cambio en  su vida, es que quizás seguirá infeliz en su trabajo, bien remunerado pero estresante, o carente de incentivos. O que su relación de pareja necesita renovación, no la mujer, sino la relación. Uno de los casos más extremos y más conocidos de este tipo es el de Paul Gauguin que aprendió a pintar, dejó su carrera financiera, abandonó a su esposa e hijos en Copenhague, y se marchó a París y luego a Tahití y se dedicó a su vocación y a las nativas, que de eso murió. Nos  podemos preguntar si su decisión fue moralmente correcta respecto de su familia y su negocio. Lo que, en este caso, nos llevaría a una pregunta más profunda: ¿Hasta qué punto deben subordinarse las obligaciones y la ética a los más altos objetivos creadores? Uno no siempre se convierte en Gauguin cuando afronta un cambio en su vida, pero es un motivo no solamente privativo de Gauguin, sino completamente humano manifestar deseos ante lo desconocido. Retomamos el hilo argumental. El ser humano busca seguridad pero, en cuanto la tiene, la pone en peligro. Algunas personas sienten los efectos de lo que les parece una crisis cuando desconocen lo que viene a continuación en su vida, mientras que a otros cuando lo que vendrá a continuación les resulta demasiado previsible.
Huyamos de los tópicos, incluso de las crisis y centrémonos en la necesidad que surge en muchas personas, en “cualquier” momento de sus vidas de realizar ciertos cambios para mejorar su autoestima; para realizarse o sentir la satisfacción vital de ser; para paliar su malestar existencial o encontrar un propósito para la vida y un acertado significado para este; para evitar, en definitiva, la muerte del alma o como prefiráis justificar los motivos que induzcan al cambio.
Un cambio, incluso el más profundo, puede y debe afrontarse con calma y naturalidad. Recordemos que el cambio es un ajuste natural en cualquier momento de la vida. Si fuéramos precavidos —pura quimera—, al saber que la vida sufre cambios, preveríamos medidas de adaptación para cuando llegase el momento. Pero los cambios llegan, suelen hacerlo de improvisto, y nos crean dudas. Según la filosofía hindú y budista —permítaseme una segunda digresión— la permanencia y la seguridad en nuestras vidas es ilusoria, y estas ilusiones nos atraen, sobre todo a los que tenemos mentes codiciosas; y puesto que la atracción fomenta el deseo y los deseos dan pie a los apegos y estos al sufrimiento, nos apegamos a las cosas, incluso a las cosas malas, las que nos hacen sufrir. Preferimos lo malo conocido que lo malo por conocer. Regreso nuevamente a la línea argumental. Debemos ser valientes y cambiar lo que creemos que necesita un cambio y se puede cambiar, pero, al mismo tiempo, debemos aceptar con serenidad la imposibilidad de cambiar las cosas que desearíamos. Aunque lo más importante de todo, es el uso esencial de nuestra sabiduría para diferenciar lo que se puede cambiar y cambiarlo, de lo que no se puede cambiar y aceptarlo tal cual es.
Observar la necesidad de un cambio es disponer de una oportunidad para el crecimiento personal, ya que nos permitirá reajustar aspectos de la vida descuidados en perjuicio propio. Para cambiar hay que ser valientes y honrados con uno mismo, y actuar de una forma moralmente impecable con los demás. Cualquier cambio tiene sus riesgos, puede salir bien o salir mal. Debemos analizar minuciosamente todos los pros y los contras de nuestros pasos, pero finalmente hay que huir de la indefinición. Como dice Gail Sheehy (Transiciones. Ediciones Urano, Barcelona, 1999): “Para crecer hay que renunciar temporalmente a la seguridad”. Pero cuidado, acerquémonos en lo que podamos a los puntos medios. No pasemos de la cobardía a la temeridad, existe un término medio que es la valentía, el sentido común decidido, incluso atrevido, la decisión fundamentada aunque no garantizada.
Cuando se entra en una dinámica de insatisfacción personal, indeterminación, abatimiento anímico, apatía, parálisis, sensación de estar perdiendo el tren, de desperdiciar la vida, descubrimiento de la muerte propia, etc., —quizás hablaba de esto cuando al principio dije insatisfacción existencial—. No queda otro remedio que volver la mirada hacia el interior, hacia uno mismo, a nuestra mismidad, con o sin ayuda, y descubrir el porqué de la indolencia, y cambiar para sacar provecho de los cambios y obtener una mejor vida. Ya he mencionado en otras ocasiones la observación de Maquiavelo, en cuanto que reparte el resultado de los acontecimientos a partes iguales entre el determinismo y el libre albedrío. Significa que existe una parte importante de azar en el resultado de nuestras decisiones, pero otra igual de racionalidad y sabiduría. La necesidad de un cambio puede aparecer en cualquier momento de la vida y padecerse regularmente, o se pueden vivir ocho vidas sin llegar a la “mediana edad”. Es una elección individual.

A modo de conclusión, sirva que la mediana edad existe, pero no es definible: puede ser cualquier momento entre los veinticinco y los sesenta y cinco años. Que la vida no tiene etapas, sino que es una línea continua que debe ir adaptándose día a día. Que el acontecer diario puede producirnos cierta desazón o preocupaciones de nivel más profundo, de lo cual tenemos que ocuparnos y quizás requiera un cambio en nuestras vidas, pequeño o grande, pero, en la inmensa mayoría de los casos, no implica romper con todo lo anterior, sino aprovechar lo anterior para dar un paso hacia adelante. Los filósofos, desde Heráclito hasta Laozi, coinciden en que el cambio es la única constante en la vida. No he comentado, pero estoy seguro que está en la mente de todos, que el cambio no significa poner un punto final a nuestro modo de vida y huir a otros lares y otras compañías. Eso de nada sirve puesto que los conflictos o problemas los lleva uno en su interior, y si no se resuelven viajarán como una rémora donde quiera que nos lleve la osadía: no se pueden tomar decisiones drásticas para poner fin a problemas que nosotros mismos hemos creado. Al fin y al cabo, ni desaparecerán totalmente los que tenemos ni evitaremos que se reproduzcan nuevamente en el futuro. Y pronto nos daremos cuenta del error que cometimos en su momento, y que aquella solución, por experimentada y fracasada, ya no nos volverá a servir jamás. Cambiar, evolucionar, tener un propósito, una expectativa, unos motivos por los cuales valga la pena levantarse cada mañana. Si no se tienen, hay que buscarlos, y este es el cambio.

Gimnasio, adelgazar, ropa nueva, imagen diferente, una pareja más joven, etc., no es más que la resistencia a aceptar el paso del tiempo sobre nuestros cuerpos. Lástima que este transcurrir de la edad no haya caído sobre nuestras mentes en forma de consolidación de los conceptos éticos; valentía para asumir responsabilidades y ejercer las oportunas rectificaciones; justicia para defender con el mismo ímpetu nuestra libertad y la de los demás; templanza para administrar correctamente los deseos y los placeres; y la prudencia como escudero para llevar a buen término todas y cada una de nuestras decisiones.

No quiero terminar el post sin una mención especial al simbólico deportivo y la chica joven. Hasta hace unos años esta opción era privativa de los hombres o mujeres adinerados, puesto que suponía una fuerte inversión —ya he dicho que, probablemente, los motivos de convulsión anímica de estas personas dista mucho de que la solución que adoptasen fuera la acertada—. Pero lo curioso del caso es que este americano rejuvenecimiento cada día se da más entre los hombres españoles —más cercanos a los cincuenta años que a los cuarenta—. Actualmente se necesita menos soporte económico para cambiar la esposa o pareja por una mucho más joven. La necesidad de mujeres de ciertos países de buscarse un sustento mejor, hace que exista una disponibilidad de mujeres jóvenes que, para asegurarse la estancia en nuestro país o acceder a él, se aparean con hombres mayores que ellas y sin un estatus económico apabullante —aunque siempre sea mejor que el que disfrutan ellas—. Estas necesitan papeles de trabajo y residencia o una manutención sin cargo y la posibilidad de acercar a toda su familia a su nuevo entorno, lejos de la miseria. Mientras tanto, el hombre necesita complacer su narcisismo, paliar a veces su miedo a la soledad y autoengañarse en cuanto al amor que se le ofrece y a que la “suya” es diferente.  Esto ha permitido que cambiar de esposa por otra más joven sea, ahora en España, mucho más fácil a la par que engañoso. Sin ninguna duda, quien cae en esa trampa tiene problemas hasta muy pasada la “mediana edad”, sea esta cual sea. Salvada sea la excepción.

Colau


P. S. “Un mínimo cambio puede precipitar una metamorfosis” (Colau).
                                                                                 

5 comentarios:

  1. Los españoles tenemos fama de TONTOS ¿es fama merecida?

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  2. Gracias por tu comentario.
    Supongo que tendrás razones inequívocas de que los españoles tenemos fama de tontos. Yo, hasta hoy, no lo sabía. Creía que la estulticia era una cualidad en extremo democrática, y que se podía encontrar en dosis suficientes en cualquier país, occidental u oriental, rico o pobre. En el post “De la estupidez al humanismo” del 18 de marzo de este año hablé sobre el tema, y aporté la opinión de Carlo M. Cipolla a este respecto, e iba en esa línea. En consecuencia, filosóficamente, tengo que poner en duda que tu afirmación “los españoles tenemos fama de TONTOS” sea veraz, lo que no significa que no te crea y no respete tú opinión. Pero al no quedar demostrada la fama de tontos simplemente con tu afirmación, entiendo que la pregunta que haces a continuación pierde cualquier sentido.
    Un abrazo,
    Colau

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  3. Profunda i acertada reflexio. La por als canvis sempre esta present a la majoria de les persones.
    Un dia, discutint sobre la seguretat amn un vell company de la feina, amb va dir que nosaltres teniem la sort d'haver entrat a treballar a la nostra empresa (una entitat financera).
    Jo li vaig dir, fa mes de 10 anys, que era la nostra sort o la nostra desgracia (sense saber que estaca endivinant el futur), ja que tenc amics que han montat les seves propies empreses i els hi va molt be.
    Finalment em va donar la rao i una simple i acertada explicacio:
    Tenir un treball segur i ben pagat tan sols es garantia de que mai seras ric, ni en doblers ni en satisfaccio.
    Una realitat.

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  4. Massa raó tens, Pep. Si be un és feliç quan estima el que té, ningú somia de petit que de gran vol fer feina a un banc. No és la feina més encisadora del mon, sinó més be grisa, però, així i tot, hi ha gent a qui li agrada i l’omple. Però n’hi ha molta d’altre que se senten incomplets, fracassats, i, a més, agafats pels dellons per uns deutes “econòmics-socials” que no acabaran mai. El fet de que ens traguessin al carrer no es més que una oportunitat de començar de nou per els qui creuen que havien comés un error. El canvi sempre és una oportunitat de millora. O un enfonsament per el qui li manca la valentia. O tenia es cul redó de seure mirant-se la vida passar.

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