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domingo, 26 de mayo de 2013

El hombre es un dios cuando sueña...


¿El hombre es un dios cuándo sueña?
Frase romántica por antonomasia la que dibujó la pluma del más destacado exponente del Romanticismo alemán, Friedrich Hölderlin: “El hombre es un dios cuando sueña, y un mendigo cuando reflexiona”. Nos la da a conocer en su novela Hiperión: o el eremita en Grecia. Vamos a analizarla  para intentar salir de su “todo” que ha impactado, como tal, por la tendencia del ser humano a preferir abandonar su realidad, levantarse un metro del suelo, para ver de una manera idílica lo que le rodea, lo que desde otra perspectiva resulta más crudo y también más real.

Un dios, definido desde el punto de vista profano, y sin entrar en la teoría de Hölderlin en cuanto a “la verdad de lo absoluto”, es decir, su interés por el “Ser”, es una entidad omnipotente: que todo lo puede; omnisciente por su infinita sabiduría; omnipresente: porque está en todas partes a la vez; infinita, puesto que cualquiera de sus características no son medibles en el espacio temporal conocido; posee absoluta bondad y misericordia; es absoluto en justicia; es inmutable: ya que no puede cambiar; eterno, en cuanto a la posesión simultánea y perfecta de una vida interminable; etc. Todas estas características han sido siempre objeto de anhelo del ser humano, pero si tuviéramos que quedarnos con una, quizás sería el don de la omnipotencia. Por tanto, si lo aplicásemos a la cita de Hölderlin, podríamos decir que “el hombre cuando sueña es omnipotente: todo lo puede”, que en sueños, en este caso diría yo que en ensoñaciones (ilusiones, fantasías) la imaginación del hombre no tiene límites. Su alejamiento de la realidad hace que las pequeñas perturbaciones desaparezcan, como cuando observamos un paisaje desde lo alto de una montaña, sólo distinguimos lo importante, lo grande: las piedras, los tallos, las hojas, detalles minúsculos han desaparecido. De la misma manera, dejar la realidad aparcada y entrarse en un mundo imaginario, y no por ello menos real: “… y soñé que en otro estado/ más lisonjero me vi. / ¿Qué es la vida? Un frenesí. / ¿Qué es la vida? Una ilusión, / una sombra, una ficción…”, hace desaparecer los márgenes que encorsetan nuestra realidad y ello nos permite alcanzar las más altas cotas de libertad. Es esta libertad, la que nos diferencia de “un dios”, ya que un dios jamás, por la razón de su existencia, si es, nunca será libre. Pero en este caso lo que nos ofrece esta comparación con dios es, precisamente, la liberación del espíritu, para situarnos en la cúspide de una creación tan romántica como irreal, o real,  o, en cualquier caso, onírica.
En la subordinada de la cita, Hölderlin sitúa al ser humano a la altura de la miseria espiritual por el simple hecho de pensar, de utilizar la conciencia, de permanecer tumbados en el prado viendo muy de cerca las abejas cortejando las flores, obviando el cielo que cubre el campo por entero. Por qué alcanza el hombre la miseria por el simple hecho de ser hombre: “…aunque si nací ya entiendo/ que delito he cometido.” Seguramente por estar condenado a la muerte inexorable, simplemente por ser; seguramente por no poderse liberar de los apegos terrenales durante toda su vida adquiridos; seguramente por sentirse esclavo de un mundo que Hölderlin considera demasiado real en lugar de un sueño.

Y yo me pregunto, ¿es más bello el campo entero que el pétalo de una flor? ¿Es más libre el hombre por la dicha de soñar, o por el sufrimiento de amar? ¿Nos sublimamos cuándo vivimos y creemos que soñamos y nos sentimos dios, o cuando soñamos y creemos que vivimos y nos sentimos humanos?
Colau

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